29 noviembre, 2012

Viento.

Jueves 29.
Un día más, el frío de noviembre sigue ahí. Voy por la calle mientras suena Korn en mis cascos. El frío me salta las lágrimas, y a pesar de que lleve capas y capas de ropa estoy congelada. El viento es tan frío que corta. Me roza las mejillas. No me las siento.
 Conozco a un tal viento que no corta, que es dulce, que no es frío, que es cercano. Un viento tan agradable que abraza.
Korn sigue sonando con su "[...] sometimes I hate the life I made [...]". Se me vienen cosas a la cabeza e inconscientemente acabo cantando en mitad de la calle, en voz baja por supuesto. Algunos me miran, no entiendo por qué y les miro, pongo alguna cara extraña y apartan su mirada. Vuelvo a mi mundo de ensoñaciones ridículas para una chica de 17 años y sonrío. Seguro que algunos me toman por loca porque no voy acompañada y lo mismo canto, que lo mismo sonrío. En ese momento llego al portal y todo lo que iba recordando se va con el viento frío de noviembre. Ahora en mi cabeza sólo está la idea de meter la llave en la cerradura y poder girarla a la primera; pero me abre una vecina. La saludo. Ni me mira. ¿Para qué? Todos los de mi bloque son iguales, algunos más estúpidos quizás, pero iguales al fin y al cabo. Mientras espero el ascensor me miro al espejo que hay enfrente. Korn termina con "[...] Fighting life till the end of my days". El ascensor llega, me monto y pulso el botón indicado para llegar a mi planta. Ahora sólo pienso en organizarme el fin de semana y poder ponerme el pijama para entrar en calor.

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