13 enero, 2014

Mis noches a medias.

Era una noche fría, la Luna no se veía, las nubes la ocultaban.
Me encontraba en una casa alejada del bullicio que suponía la ciudad, donde el agua caliente iba y venía, donde el viento soplaba por cada ventana y cada puerta, donde las bombillas luchaban por mantenerse encendidas, donde el fuego de la chimenea quemaba con entusiasmo cada palo, cada rama, cada hoja.
Decidí que aquel ambiente estaba demasiado silencioso aquella fría noche, así que puse algo de música en mi móvil y empezó a sonar Blacklisted Me.
La única luz que tenía encendida era la del salón y comencé a pensar en por qué me agobiaba tanto la ciudad, en por qué no podía adaptarme bien a la monotonía de los grandes edificios, de las prisas; entonces comencé a escribir en un folio que tenía un pequeño dibujo de una flor en la esquina superior izquierda. Decía así:

Querida yo del futuro, si lees esto significa que habrás sabido conservar esto a buen recaudo sin perderlo pequeña desastre. Espero que para cuando lo leas hayas podido recuperar tu sonrisa y hayas sabido esquivar a esas víboras que se ocultan en la ciudad tras máscaras perfectas hechas de mentiras. 
Espero que ahora sepas sobrevivir entre las prisas, los alti-bajos, las alegrías y las penas. Espero que hayas conseguido tus metas y que...

En ese momento se oyó un ruido fuera. Me asusté, pues mi única compañía eran dos gatos y cuatro perros, y aquello no sonaba ni a un animal ni a otro.
Con las manos temblorosas y una manta por encima para soportar el frío, busqué una linterna y cerré la puerta de atrás. Acto seguido volví a la parte delantera y cerré aquella puerta, que por lo que parecía no soportaría un golpe fuerte, también cerré las ventanas de tal forma que no se pudiera ver nada desde fuera.
Decidí no hacerle mucho caso a ese ruido de antes e intentar distraerme, así que seguí escribiendo:

... Seas alguien en la vida, ese alguien que soñaste desde pequeña. Porque recuerda, nunca hay que olvidar los sueños y de donde vienes, nunca hay que perder la ilusión ni al niño que todos llevamos dentro. Pero sobre todo recuerda que...

Volví a escuchar un ruido fuera, volví a asustarme, pero reuní el valor suficiente para salir a mirar qué pasaba. Así que volví a coger la linterna, esta vez con más fuerza, y en lugar de coger la manta, cogí una chaqueta ya que era más cómoda para salir fuera. Salí y cerré la puerta por si acaso, y la llave la guardé en el bolsillo de mis vaqueros.

Comencé a mirar por los patios más cercanos a la puerta, pero no vi nada. Estaba todo tan oscuro, tan silencioso. Fui hacia el otro lado de la puerta y justo cuando iba a doblar la esquina pude ver perfectamente el cielo. Ese cielo que en la ciudad no se ve, ese cielo que, aunque nublado, dejaba entrever alguna que otra estrella. Así que apagué la linterna y me quedé un buen rato admirando esa maravilla pues sabía que pronto volvería a la ciudad y ahí las estrellas se convierten en farolas que le quitan toda la belleza al cielo.
De pronto recordé por qué estaba fuera de la casa, había oído dos veces un ruido un poco extraño e iba buscando su causa. Vino un viento frío de repente y decidí que miraría rápido y volvería a la casa a calentarme pues me había quedado congelada.
Por fin doblé la esquina y no vi nada extraño, solo dos perros durmiendo, así que decidí seguir mirando por la tercera esquina y tampoco había nada extraño, y opté por darme la vuelta y volver a la casa. Pero entonces noté que algo o alguien me estaba mirando, me di la vuelta y así era. Había una figura mirándome desde lejos, o quizás no era tan lejos, pero yo quería pensar que sí ya que así me daría tiempo a salir corriendo, encerrarme en casa y llamar a alguien para que viniese por mí, pero no pude, estaba paralizada por el miedo.

De repente vi como esa figura se hacía más grande, no podía creérmelo, se estaba acercando y con paso veloz. Mis piernas no respondían, no podía salir corriendo, lo más que conseguía era andar hacia atrás con paso forzoso, quería alejarme, tenía miedo. Entonces esa figura me habló:

-Por favor, no corras.

¿¡Que no corra!? Ojalá pudiese correr, o moverme o articular alguna palabra como "aléjate", sin embargo la figura seguía acercándose, y entonces vi que era un chico. No podía creérmelo, ¿qué hacía un chico allí? Se suponía que estaba sola.
Después de superar mi miedo conseguí articular las palabras para formar una frase coherente:

-¿Quién eres? ¿Qué haces aquí? ¿Por qué me has asustado? ¿Qué quieres?

Él al verme asustada se rió y me abrazó, al principio intenté quitármelo de encima, no sabía quien era y ya me estaba abrazando, ¿de qué iba? Pero después me di cuenta de que me estaba intentando tranquilizar y de que yo estaba helada y él, sin embargo, estaba caliente y me daba calor, ¿cómo era posible?

-No te asustes idiota. Soy el chico del campo de enfrente, simplemente venía a hacerte una visita. Te vi al medio día dar un paseo e iba a hablarte pero no me atreví...
-¿Y has decidido darme un susto de muerte o qué?
-No, te has asustado tú sola.
-Hombre, si escucho ruidos raros y cuando salgo a mirar qué es veo una figura a lo lejos... Yo veo normal que me asuste.
Se rió de mi cara pálida aún por el susto.
Salió corriendo hacia la puerta, donde estaba la luz de fuera encendida y me dijo que fuese allí con él. Le hice caso, pues quería que se fuese lo antes posible. Me estaba poniendo nerviosa.
Una vez en la puerta pude verle con claridad. Era un chico alto, con el pelo oscuro y los ojos claros, parecía estar fuerte pero sin llegar a ser el típico tío de gimnasio, parecía que se cuidaba a pesar de la ropa que llevaba.
Como si se tratara de su casa, cogió dos sillas de uno de los patios y las puso en la puerta. Me invitó a sentarme y él se sentó a mi lado.

-Ahora dime por qué estás aquí de verdad, desembucha.
-¿De verdad no te crees que haya venido a verte?
-No, no me lo creo en absoluto.
-¿Pero a que te haría ilusión que hubiese venido a verte?
-Pero si no te conozco de nada.
-Es cierto, pero a la gente le gusta recibir visitas.
-Claro, siempre y cuando sepan que pueden recibir una visita inesperada sin llevarse un susto de muerte.
-Qué idiota eres, si ha sido divertido.
-Divertido para ti... Eh, esto, ¿cómo te llamas?
-Mi nombre no importa, ni el tuyo. ¿Por qué estás aquí sola?

No quería darme su nombre, era obvio, pero que no quisiese saber el mío era algo que me intrigaba.

-Porque quería relajarme, y desaparecer un poco de la ciudad.
-Vaya, ¿te estresan mucho las prisas?
-Demasiado...

Se hizo un silencio espantoso, incómodo y extraño a partes iguales. Él miraba al cielo, el cual ya se había despejado un poco, y yo lo miraba a él. Ahora que estaba más tranquila, lo miraba con atención, y la verdad es que era bastante guapo y de momento también amable. De pronto, se giró y me sorprendió mirándole; rápidamente aparté la mirada y me sonrojé, él sonreía aunque también se sorprendió de que  lo estuviese mirando. Él rompió ese silencio con su risa y dijo:

-Oye, ¿por qué me miras tanto?

No le contesté, no sabía qué decirle. Seguí mirando hacia el suelo con la cara enrojecida, y él me cogió la cara por la barbilla y me la levantó para que le mirara. Me puse más roja aún y comencé a reírme. Esas dichosas situaciones siempre me han hecho gracia. Acabamos riéndonos los dos y contándonos nuestra historia, algunas partes con más detalles, otras con menos, pero eran las historias que nos definían.

Finalmente nos quedamos callados y aproveché para mirar el reloj. Eran las cuatro y media de la mañana. No podía ser, me había tirado toda la noche hablando con un completo desconocido, pero debía admitir que estaba muy a gusto. Me hacía sentir cómoda.
Miré hacia él y le vi mirándome, por lo que le dije con un tono gracioso:

-"Oye, ¿por qué me miras tanto?"

Nos reímos, pero de repente él paró:

-¿Sabes? Me caes bien, así que quiero que sepas que cuando tu sombra no esté para protegerte, ahí estaré yo para defenderte de lo que haga falta.
-O para darme un susto de muerte.
-También puede darse la ocasión, no lo descartes.

Después de un rato intentando despedirnos nos dieron las cinco menos cuarto. El tiempo seguía corriendo, pero a mi parecer, demasiado rápido. Cuando él ya se iba, salí corriendo y le abracé por detrás, él se dio la vuelta y me abrazó. Yo seguía estando helada, él seguía dándome calor. Nos prometimos que mañana volveríamos a vernos pero esta vez sin sustos de por medio, a pesar de que yo seguía sin saber su nombre, y él seguía sin saber el mío.

Todo el relato está ahora en misnochesamedias.blogspot.com.es

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