19 mayo, 2015

Ansiedad.




Y allí estaba ella otra vez, arañando mis venas 
hacia arriba y hacia abajo, intentando salir. 

Columpiándose entre mis nervios, sacándome de quicio. 
Jugando a ver quién puede más, ella o yo.

Destrozando cada pedacito de paciencia que 
lograba esconder durante minutos contados.

Hiriendo a todo aquel que se acercase mucho a mí. 

Pero no podía vencerla, ella era más fuerte, sabía dónde esconderse y cómo hacer que pareciese que ya no estaba que se había ido.

Pero ella se vestía como una bestia, paciente entre la alegría nerviosa y el enfado fugaz, decidiendo hacia qué extremo correría esta vez colgada de mis nervios.

Y aunque el camino siempre era el mismo, hacia arriba o hacia abajo, ella se divertía arañando mis venas en sus paseos, buscando algún lugar dónde empezar un río de sangre que no fuese la mía. 

Y cuando ya había subido y bajado hasta cansarse, se subía en mis nervios y los usaba de columpios para poder tocar el cielo con la punta de los pies. 

Y aunque yo intentaba vencerla, ella era más fuerte 
porque era parte de mí.

Foto sacada de internet

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