07 mayo, 2015

La curiosidad mató a la chica.

Blanca como la luz, abandonada como la sombra.
Al fin abrió los ojos, sobresaltada, a pesar de llevar horas tumbada en aquella camilla blanca, con cientos de focos apuntándola y otros tantos ojos mirándola.
Asustada, corrió buscando alguna esquina donde poder resguardarse de la luz, pero pobre de ella; aquella habitación era redonda.
Recorrió toda la habitación buscando alguna salida, golpeando, con tristeza y entre lágrimas, cada espejo; y, a pesar de que todas las personas de detrás de los espejos la veían, ninguna hacía nada para ayudarla.
La miraban con curiosidad, con extrañeza, con interés. Ninguno quería ayudarla, pero todos apuntaban datos, movimientos. La estaban estudiando, probándola, por el simple hecho de resultarle interesante a aquellos ojos faltos de historias.
Ella no era especial, era como toda esa gente, era una chica de piel pálida, con unos ojos y pelo oscuros. Pero aunque ella no quisiera, sí que existía una diferencia. Nadie era capaz de ver su propia historia como ella era capaz de ver la suya.
Y así pasó las horas, o los días, pues allí no dejaban existir la noche, sin probar nada de lo que pretendían que comiera y bajo el único escondite que existía en aquella jaula circular; esa camilla blanca en la que había despertado.

Para cuando quisieron darse cuenta, la chica ya no estaba. Habían hecho que la chica ya no fuese. Había sido, pero ya, simplemente, no era.

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