14 mayo, 2015

Ni un segundo.

Nos miramos, y de repente, fuimos humo, cenizas,
ese calor que se improvisa;
y con apenas un soplo, con una brisa,
volamos.

Y sin saber dónde acabamos
comenzamos a buscarnos,
y pobres de nosotros,
ingenuos, diría yo,
por creer que al encontrarnos
seríamos capaces de recuperarnos.

Fuimos fugaces, como las estrellas,
porque, estúpida de mí, creía que sanabas mis heridas,
cuando realmente se las lamías a todas ellas,
y el desengaño vino con tus idas y venidas,
porque estabas más ausente conmigo
que pendiente del daño que me hacías.

Y salí de donde no me querían,
o más bien me echaron,
con el alma a los pies,
con tus besos con sabor a café,
y con mis heridas abiertas,
pues por lo visto mis palabras y mis actos,
en todo momento, sobraron.

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